¿Contribuyen los “deberes” al fracaso escolar?

El que los niños, adolescentes y jóvenes tengan que realizar “deberes” y/o actividades relacionadas con el “estudio” todas las tardes o varias tardes a la semana, durante los fines de semana e incluso durante los periodos de vacaciones es algo tan arraigado en la costumbre y la tradición española que pocos cuestionan su pertinencia.

Esta idea se viene perpetuando de generación en generación sin ningún cuestionamiento, ni análisis; ni entre los padres ni tampoco entre la mayoría del profesorado. Con independencia de la edad que tengan los menores, del tipo de centro en el que se encuentren escolarizados (público o privado), e incluso de posiciones ideológicas sobre la educación, más o menos “tradicionales” o “progresistas”, en el subconsciente colectivo existe una especie de desconfianza hacia ellos, que se refleja en el viejo dicho de que tienen que hacer alguna actividad de este tipo (casi da igual cuál sea, “ya se nos ocurrirá qué les haremos hacer”) para que “no caigan en malos vicios”.

Por otra parte, la poca interacción que mantienen entre sí los centros y las familias, propicia que los deberes para muchos padres sean la única forma que tienen de “fiscalizar” lo que hacen sus hijos en la “escuela”, de manera que si no llegan a casa con deberes comienzan a cuestionar el trabajo de los profesores, y les presionan (directa o indirectamente) para que no dejen de ponérselos. Algo similar les sucede a muchos docentes, que sienten que si no ponen deberes a sus alumnos es como si no estuvieran haciendo bien su trabajo, y les faltara la seguridad de estar haciendo lo correcto para que aprendan. También para otros es una manera de recopilar evidencias para hacer recaer sobre ellos toda la responsabilidad de su aprendizaje, en función de lo que hacen fuera del aula y no dentro de ella.

Los deberes en algún momento pudieron tener un sentido, cuando el número de horas de escolarización de los niños era menor, cuando estos tenían que ayudar al sustento familiar (en los trabajos del campo, etc.), cuando las estructuras familiares permitían que contaran con el apoyo de la madre o algún otro familia, pero hace décadas que el modelo productivo de nuestra sociedad ha cambiado y con él el grado de escolarización de los menores. Han cambiado también nuestros horarios laborales, se ha generalizado la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, han surgido nuevas estructuras familiares (con una amplia presencia de familias monoparentales). El acceso al mundo del conocimiento a través de la tecnología, las competencias que requieren de nosotros la sociedad, igualmente han supuesto grandes cambios, pero a pesar de todos estos cambios seguimos exigiendo a los niños que hagan deberes muy parecidos a los que hacíamos nosotros o nuestros padres.

Los argumentos que habitualmente se utilizan para justificar en la actualidad los deberes en nuestra sociedad son, en principio, muy loables:

  • Extender los contenidos aprendidos más allá del recinto escolar.
  • Afianzar y aumentar el aprendizaje.
  • Desarrollar la autonomía, la iniciativa personal, la responsabilidad, los hábitos de estudio, la cultura del esfuerzo personal…
  • Fomentar el interés y la curiosidad por el conocimiento.
  • Favorecer la individualización de la enseñanza.
  • Promover la participación e implicación de la familia en el proceso de aprendizaje de sus hijos.
  • Mejorar los resultados académicos.

La cuestión es si estos objetivos se pueden alcanzar con el tipo de deberes que realizan comúnmente los menores en España, tareas muy variadas pero que suelen caracterizarse por ser muy repetitivas, memorísticas, poco estimulantes de su creatividad, y poco motivadoras para ellos. O si, por el contrario, con ellos se logra lo contrario de lo que se pretende, y son un elemento más que incide en que tengamos en España unos elevados índices de fracaso escolar.

A continuación vamos a analizar cada una de estas cuestiones, y propondremos que para lograr estos objetivos hay que recurrir a otras estrategias, métodos o actividades que no sean los deberes tradicionales. Para ello comenzaremos analizando cómo es la jornada laboral de los menores, esto nos servirá para contextualizar lo que implican los deberes para ellos. Y posteriormente analizaremos como se suelen programar los deberes en los centros, y si estos logran efectivamente contribuir al desarrollo de la autonomía de los menores y a que los padres se impliquen más en su aprendizaje.

 

¿Cómo es la “jornada laboral” de los estudiantes?

Según las Pruebas de Diagnóstico que realiza el Ministerio de Educación a alumnos de 6º de Primaria, entre 1997 y 2007 se incrementó el tiempo que los escolares españoles dedicaban a hacer deberes en un 20%. De manera que casi un tercio dedicaba más de dos horas diarias a realizar tareas en casa y casi la mitad invertía entre una y dos horas.

deberes

Si tomamos como referencia el Informe PISA (2012), en el que participan estudiantes de 15 años, España es el 5º país (de 38 que participan en el estudio de la OCDE) en el que los estudiantes dedican más tiempo a los deberes, 6,5 horas a la semana frente a una media de 4,9 horas del resto de países. Obsérvese que si comparamos estos datos con los del Ministerio de Educación, los estudiantes españoles de 15 años, a pesar de todo, dedicarían menos horas al estudio que los de 12 años…

Las horas que dedican los estudiantes en España a realizar tareas en casa son por tanto muchas, sobre todo si se tiene en cuenta que en dos de los países con mejores resultados en PISA sus estudiantes dedican 2,8 horas (Finlandia) y 2,9 horas (Corea del Sur), esto es, poco más de media hora diaria (sin fines de semana). Piénsese que cuanto más tiempo dedican los alumnos a los deberes, más cansancio y estrés acumulan, y su rendimiento en el aula disminuye.

Sin embargo, en España muchos padres y profesores piensan que los estudiantes trabajan poco fuera del aula. De hecho, es habitual responsabilizarles de los malos resultados académicos por no haber “estudiado” suficiente en casa. Existe un pensamiento, no explicito, según el cual resultaría más importante lo que hacen los estudiantes fuera de clase que en el aula. Es como si se hiciera pivotar su aprendizaje más sobre lo que hacen en casa que sobre lo que hacen en el colegio o instituto, así que los niños más que mostrar en casa lo que han aprendido en la escuela, lo que sucede es que tienen que enseñar en clase lo que han trabajado en la casa. Cuando con los medios tecnológicos que disponemos actualmente, casi sería más lógico que los estudiantes en vez de hacer los problemas y ejercicios en su casa y asistir presencialmente a las clases magistrales en el aula, visualizaran en su casa las clases magistrales (donde podrían, por ejemplo, parar y repetir aquellas partes que les resulten más difíciles de entender) e hicieran en clase los problemas y ejercicios con el apoyo de los profesores.

No obstante, para valorar si son muchas o pocas 6,5 horas semanales dedicadas a hacer deberes y al estudio, hay que tener en cuenta el conjunto de la “jornada laboral” de los estudiantes y las características de la misma. Si se encuentran cursando la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) tienen 31 horas lectivas semanales (más que en la mayoría de los países Unión Europea), las cuales se realizan generalmente en un formato de jornada continua en el que tienen que trabajar ocho o nueve asignaturas diferentes en sesiones de unos 55 minutos, lo que implica que apenas existe tiempo de descanso entre ellas.

Además, sabemos por las Pruebas de Diagnóstico que realiza el Ministerio de Educación que más del 90% de los alumnos españoles realiza alguna actividad extraescolar, y algo más de la mitad, dos o más actividades de este tipo a la semana.

Por tanto, la mayoría de los menores españoles escolarizados en las enseñanzas obligatorias realizan largas jornadas de entre 40 y 50 horas semanales (incluidos los fines de semana) concentradas en 37 semanas (duración del curso escolar), lo que hace que tengan un calendario y unas jornadas extremadamente intensas.

De estos datos, se puede concluir que las altas tasas de fracaso escolar en España no se deben a una falta de esfuerzo de los alumnos, aunque quizás el cansancio, la ansiedad y el estrés que genera un calendario de estas características si tenga mucho que ver, al incidir negativamente sobre su rendimiento. Hay que tener en cuenta que en muchos países de nuestro entorno, donde los estudiantes obtienen mejores resultados, es común que tengan, como hemos dicho, un menor número de horas lectivas, con más intervalos de tiempo entre unas y otras, y que estén distribuidas incluso hasta en 42 semanas, y tengan que destinar menos tiempo a la realización de tareas escolares en el hogar.

¿Cómo se programan los deberes?

El desarrollo de una enseñanza más individualizada, como se ha mencionado anteriormente, puede demandar que los alumnos realicen algunas tareas en su casa, pero para ello sería necesario que los centros educativos planificaran estas tareas y evaluaran sus efectos, hecho que desafortunadamente solo se produce de forma ocasional en las Programaciones Generales de los centros y en las evaluaciones que estos realizan. La acumulación o la sobrecarga de tareas de diferentes asignaturas que en ocasiones tienen los estudiantes son una consecuencia de esta ausencia de planificación, y de la falta de coordinación entre los profesores de un mismo curso.

También es bastante habitual que cuando los profesores no logran cumplir con sus programaciones dentro del aula, los alumnos tengan que terminar en casa lo que no les ha dado tiempo a hacer, lo que evidencia la falta de una planificación adecuada incluso al interior de las asignatura.

En las programaciones, por otra parte, no se suele mencionar el hecho de que los deberes suelen ser asignados, recogidos y corregidos en el aula, lo que reduce el tiempo de ese espacio para el aprendizaje.

Otra consecuencia de esta falta de planificación, es que los deberes se suelan poner de manera uniforme a todos los alumnos, así que habrá algunos alumnos que no necesiten practicar más las mismas cosas, a otros es probable que no les resulten de utilidad, y seguramente también habrá alumnos para quienes las tareas sean demasiado difíciles como para poder hacerlas solos. En todo caso, si un alumno no ha entendido la “lección” en clase con el profesor, será muy difícil que la aprenda en casa solo o con sus padres.

Cuando se asignan deberes a los estudiantes es raro que se tenga en cuenta si realizan otro tipo de actividades que pueden estar desarrollando otras facetas de su vida tan importantes como el “estudio”: música, deporte, lectura, etc.; si les falta tiempo para dormir, jugar, socializarse… ; su derecho al descanso durante los fines de semana, las vacaciones de Navidad y Semana Santa; ni tampoco los intereses que puedan tener (sean estos académicos, creativos, sociales, etc.), y que las tareas fuera del aula podrían contribuir a desarrollar. Al contrario, el estrés que les provocan los deberes hace que muchos niños y adolescentes abandonen las actividades y hobbies que les divierten (Galloway y Pope, 2007).

Todo esto, sin duda, incide que la mayoría de los niños y jóvenes perciban los deberes como algo sin un claro sentido, poco útiles, aburridos, etc. y que, en consecuencia, “odien” los deberes. Siendo esto grave, más lo es el que contribuyen de esta manera a eliminar su curiosidad, su deseo de explorar ideas, de aprender en general, y a generar una actitud negativa hacia la escuela, el colegio o el instituto. Lo que dificulta enormemente su proceso de aprendizaje, ya que este depende en gran medida de la forma en que los estudiantes se ven a sí mismos en relación a la tarea, o la forma en que se involucran en este proceso, esto es de su motivación. Por mucho que todavía haya muchos padres y profesores que piensen que el aprendizaje consiste en una acumulación cuantitativa de datos, tareas, etc.; si se logra motivar a los niños y jóvenes el aprendizaje se dará de una forma natural y activa.

Como ya se ha dicho, no es algo común que los centros evalúen los efectos que tienen los deberes sobre el aprendizaje de sus estudiantes, de manera que puedan comprobar por sí mismos esta situación que estamos describiendo. Kohn en 2006 demostró que el aumento del tiempo de estudio en casa parte de una premisa errónea, como es relacionar el aprendizaje con la cantidad de “ejercicios” que realizan los estudiantes y el tiempo que dedican a ello. Especialmente cuando el aprendizaje implica comprensión y creatividad. Otras investigaciones que se han realizado en distintos países muestran que los deberes en la Educación Primaria tienen escasa eficacia, solo en la Educación Secundaria, en cantidades “apropiadas” se percibe alguna incidencia, no especialmente grande, sobre los resultados académicos de los estudiantes.

El Informe PISA de 2012 permite constatar, con datos procedentes de una importante muestra de estudiantes de numerosos países, que en los sistemas educativos donde los estudiantes dedican más de de cuatro horas a la semana a los deberes, su efecto sobre el rendimiento escolar es nulo. Al analizar los sistemas educativos en su conjunto, se ha visto que más horas de deberes no implica mejores resultados en un sistema. De forma que, se puede decir que dedicar más tiempo a la realización de los deberes no determina el aprendizaje. Así, se ha podido comprobar también que aunque entre 2003 y 2012 el número de horas que los estudiantes dedican a los deberes ha disminuido, los resultados no han empeorado.

Por tanto, el rendimiento en los sistemas escolares parece que depende de otros factores, el que en un país los estudiantes tengan que dedicar un tiempo más o menos elevado a la realización de deberes no hace que mejoren sus resultados académicos. España es un ejemplo de ello, nuestros estudiantes hacen muchos deberes, reciben numerosos apoyos extraescolares y, sin embargo, el fracaso escolar no disminuye, y en PISA sus resultados solo están ligeramente por encima de la media y el porcentaje de los que obtienen resultados excelentes es relativamente bajo.

¿Los deberes desarrollan la autonomía de los estudiantes?

Se suele afirmar, para resaltar la importancia de que los niños y jóvenes realicen deberes en casa, que con ellos desarrollan su autonomía, la iniciativa personal, la responsabilidad, la autodisciplina, los hábitos de estudio, la cultura del esfuerzo personal, etc. Pero el tipo de deberes que habitualmente realizan y el contexto en el que se llevan a cabo, lejos de contribuir a desarrollar estas competencias parece que en muchos casos vayan en su detrimento. Reflexionemos brevemente sobre cómo orientamos el apoyo que, padres y profesores, solemos darles fuera de las aulas.

Los padres y las madres estamos habitualmente muy preocupados (a veces obsesionados) con cómo ayudar a nuestros hijos “a centrarse y a terminar” los deberes que les mandan en el colegio o en el instituto. Esto hace que, según los datos recogidos en las Pruebas de Diagnóstico realizadas por el Ministerio de Educación, el 61% de los estudiantes de ESO reciben una ayuda frecuente de los padres, tienen algún profesor particular o acuden a alguna academia. Estas prácticas tan generalizadas cuestionan que las madres y padres estemos contribuyendo adecuadamente a desarrollar la autonomía de nuestros hijos.

Es frecuente que sean incluso los propios profesores y los centros los que propicien, de manera activa o pasiva, el que los estudiantes reciban este tipo de apoyos fuera del aula, no suelen desaprobar este tipo de comportamientos, antes al contrario suelen mostrar una cierta condescendencia y complacencia. Aunque ello en el fondo signifique un cuestionamiento de la calidad de su trabajo en las aulas: son terceras personas las que tienen que enseñar a los estudiantes lo que los profesores no les han sabido transmitir, o quienes les tienen que enseñar técnicas de estudio, etc.

Por tanto, cuando nuestros hijos se ven incapaces de hacer los deberes por sí solos, los padres con el beneplácito de los propios profesores nos encargamos de que aprendan, no a desarrollar su autonomía, sino a depender de nosotros, de profesores particulares, etc.

A esto hay que añadir que la orientación que tiene el tipo de deberes que suelen tener que realizar los estudiantes no está dirigida a fomentar su autonomía personal a través de actividades creativas o que demanden su iniciativo, los deberes suelen habitualmente enseñarles más bien a “hacer lo que otros les dicen que hagan“.

Igualmente, no se puede ignorar que en ocasiones los deberes se utilizan, en algunos centros y por algunos profesores, como un instrumento de chantaje y de castigo, su inadecuado desarrollo puede conllevar notas negativas, partes, amonestaciones, etc. Que enseñan a los estudiantes a motivarse a base de negociaciones y castigos, en vez de hacerlo a través de experimentar el gusto que el aprendizaje puede conllevar.

Otro tanto se puede decir de la contribución de los deberes al desarrollo de una cultura del esfuerzo, la acumulación de tareas en un calendario intensivo de trabajo hace que se estimule más “una cultura del estrés” que del esfuerzo como tal. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), España es el cuarto país de Europa en el que los menores de entre 13 y 15 años se sienten más presionados por los deberes, solo por detrás de países como Malta, Eslovenia o Macedonia. La OMS señala además que el estrés que provoca la presión escolar en los menos se caracteriza por un incremento de comportamientos que ponen en riesgo su salud, y por la presencia más frecuente de problemas de salud (dolor de cabeza, dolor abdominal, dolor de espalda y mareos) y de síntomas psicológicos, como sentirse triste, tensos o nerviosos.

No hay evidencias científicas, ni ninguna corriente pedagógica, con un cierto prestigio, que avale la prolongación de la jornada escolar para realizar deberes de las características que venimos señalando. Los deberes que habitualmente realizan los niños y los jóvenes en España son antipedagógicos. Para desarrollar competencias como la autonomía, la iniciativa personal, la responsabilidad, la cultura del esfuerzo personal, etc., los estudiantes tienen que realizar tareas que partan de su propio interés y que, en buena medida, se realicen de manera voluntaria.

  

¿Los deberes ayudan a que las familias se impliquen en el aprendizaje de sus hijos?

A priori, cabe pensar que los deberes podrían ser una buena fórmula para contribuir a que los padres pasen más tiempo con sus hijos, e implicarlos de esta manera más en su educación. La cuestión vuelve a ser si tanto la cantidad como las características de los deberes que tienen que realizar son las adecuadas para lograr este objetivo. E, igualmente, si el tipo de implicación asociada a los deberes que el profesorado pide que tengan los padres es la idónea.

En el actual contexto, los padres nos sentimos socialmente coaccionados a “obligar” a nuestros hijos a que hagan los deberes, sino nos sentimos unos “malos padres que no colaboramos o no nos comprometemos en la educación de nuestros hijos”. Esto hace que muchos padres se convierten para los hijos en “policías” al servicio de la Escuela, y que otros muchos como hemos visto se sientan obligados a “ejercer” de profesores.

Al no ser los deberes una actividad puntual, sino que son actividades diarias que se extienden durante los fines de semana y los periodos de vacaciones, implican para el conjunto de la familia (no solo para los hijos) un sobreesfuerzo y una sobrecarga de tareas que reduce el tiempo para la realización de las tareas de la casa, el juego con los hijos, el ocio familiar y el descanso. En este sentido son de facto una intromisión en el tiempo familiar que los adultos, que en otros ámbitos, como por ejemplo el laboral, normalmente no solemos aceptar de nuestros jefes. En el siguiente video se muestra a través de un ejemplo muy claramente esto:

Los deberes, lejos de contribuir a la armonía familiar, provocan conflictos y estrés en su seno. Los deberes son una fuente permanente de tensión que genera importantes dosis de frustración tanto para los hijos como para los padres. En cambio, si los colegios e institutos fomentaran la implicación de las familias a través de otras vías y realizando otro tipo de actividades más lúdicas, los deberes podrían contribuir a que efectivamente los padres se implicaran mucho más en la educación de sus hijos.

A todo esto, hay que añadir el hecho de las características sociales, culturales y económicas de las familias determinan el que los alumnos realicen adecuadamente o no los deberes.  Depende frecuentemente de factores y circunstancias que tienen que ver con:

  • La disponibilidad de tiempo de las familias. Hay padres y/o madres que tienen muy poco tiempo para estar con sus hijos, porque trabajan y tienen horarios que no se lo permiten. El modelo de familia tradicional, donde la mujer estaba en casa haciéndose cargo de los hijos, ha sido sustituido en buena medida por familias donde los dos cónyuges trabajan y por familias monoparentales.
  • El nivel educativo que tengan las madres y los padres les permitirá o no proporcionarles el apoyo que requieren.
  • La sintonía entre el referente cultural de la escuela y el de la familia, hay muchas familias con orígenes sociales y culturales alejados de ese referente, que no conocen las claves para ayudar a sus hijos en el entorno escolar español.
  • La disponibilidad de recursos económicos para facilitar a sus hijos clases particulares o una academia donde les ayuden, cuando ese apoyo no se lo pueden proporcionar dentro de la casa.
  • La disponibilidad de un espacio tranquilo en el hogar para poder hacer los deberes. No todas las familias disponen de un espacio de estas características.
  • Las responsabilidades familiares que a veces los niños y los jóvenes tienen que atender a la salida del colegio o el instituto (cuidar a hermanos más pequeños, ayudar en las tareas del hogar, en la empresa familiar, etc.) que les limitan el tiempo del que disponen e incrementan su cansancio a la hora de hacer los deberes.

Estas circunstancias hacen que el hecho de tener que hacer deberes fuera de las aulas sea un factor que contribuye a aumentar las desigualdades entre los estudiantes, en función de que puedan o no beneficiarse de la ayuda o los recursos de su familia para hacerlos. Por consiguiente, los deberes favorecen el que las desigualdades de origen se incrementen dentro del entorno escolar. Esto ha hecho que en países como Estados Unidos o Francia hayan surgido importantes movimientos sociales en contra de los deberes. La Federación de Consejos de Padres de Alumnos de Francia (FCPE) ha convocado en varias ocasiones  “huelgas de deberes” en protesta contra estas tareas, esto sin duda ha incidido en que en Francia se haya puesto en marcha una reforma educativa donde se plantea la eliminación de los deberes, de hecho ahora ya están prohibidos en Primaria, aunque los profesores no siempre cumplen esta norma.

Conclusiones

La principal conclusión que padres y profesores podemos sacar de esta reflexión sobre los deberes es que, tanto unos como otros, nos relacionamos con el mundo escolar de una manera bastante acrítica, tenemos un conjunto de creencias, sin duda muchas de ellas equivocadas, sobre el aprendizaje y nos resistimos a ponerlas en cuestión. La construmbre tan arraigada de los deberes es un claro ejemplo de ello. Otro ejemplo podría ser el enfoque competitivo y selectivo que damos a la Educación Obligatoria, a diferencia de la gran mayoría de los paises de nuestro entorno que entienden que esta Educación tiene que ser accesible al conjunuto de los alumnos. Todo esto hace que sea urgente que los centros, los profesores y las familias reflexionemos y hablemos más sobre el modelo educativo que queremos, y  si queremos empezar por algo muy concreto podemos hacerlo rompiendo el tabú de los “deberes”. Abrir el diálogo y el debabe sobre estos temas entre los propios docentes, entre los profesores y los padres, y entre las mismas familias resulta imprescindible para introducir el cambio que necesita nuestro sistema educativo.

La segunda conclusión que podemos extraer, es que el fracaso escolar en España no se debe a una falta de esfuerzo de los alumnos, tienen largas e intensas jornadas que se prolongan incluso sobre sus horas y periodos de descanso. Sin embargo, a pesar de ello, padres y docentes solemos mantener una actitud de desconfianza hacia la infancia y la juventud, y frecuentemente hacemos recaer sobre los menores la responsabilidad de los malos resultados académicos. 

Una tercera conclusión, muy importante, es la necesidad de replantearnos los horarios y los tiempos escolares, de reducir los currículos, y renovar los métodos pedagógicos tradicionales que predominan todavía en las aulas, de tal forma que las actividades que se desarrollan dentro de los colegios e institutos sean suficientes para que los estudiantes alcancen los objetivos y las competencias requeridas, y los deberes tal como los hemos entendido hasta el momento sean una actividad innecesaria. En los países donde el tiempo lectivo está organizado de otra forma (periodos lectivos más largos, con más descansos entre clases y menos clases magistrales) obtienen mejores resultados y los deberes son mínimos. En Dinamarca, incluso, los deberes están prohibidos los fines de semana. 

Y una cuarta conclusión es que los deberes, como hemos visto y tal como se plantean actualmente, no solo carecen de sentido pedagógico sino que también pueden resultar contraproducentes para el aprendizaje de los estudiantes. Los deberes para que puedan ejercer un efecto positivo, en ese aprendizaje y en la escuela como tal, tienen que ser actividades que reúnan las siguientes características:

  • Puntuales, no actividades que haya que realizar todos los días, y que por supuesto respeten los fines de semana y los periodos vacacionales.
  • No requerir mucho tiempo para su realización, en educación primaria prácticamente no deberían existir, y en educación secundaria más de cuatro horas a la semana pueden comenzar a considerarse un tiempo excesivo.
  • Planificación y coordinación entre el conjunto del profesorado y las propias familias, lo que implica el establecimiento de criterios claros de lo que son y representan estas tareas o actividades.
  • Adaptadas a las características de cada alumno y sus familias, sobre todo si las actividades están orientadas a superar alguna debilidad detectada en el aprendizaje.
  • Contar con un importante factor motivador para los alumnos. Para logarlo es importante que partan de la voluntad y el interés o los intereses de los propios alumnos.
  • No estar orientadas a la realización de tareas repetitivas o memorísticas, han de ser actividades complementarias a las realizadas en el aula, pueden estar dirigidas a:
    • El desarrollo de la creatividad.
    • El desarrollo de buenos hábitos de salud, etc.
    • La actividad física, la socialización, etc.
    • Lograr una actitud positiva hacia la escuela, que favorezcan la idea de que aprender no sólo es algo que se hace en el colegio (Marzano y Pickering, 2007): mejorar el gusto por la lectura y las ciencias, etc.

 Francisco Tonucci expresa estas ideas de una forma muy clara en el siguiente video:

Mientras no iniciemos el camino para afrontar todos estos retos, los niños, los jóvenes y las familias en su conjunto seguiremos siendo las víctimas de los deberes.

 

Referencias:

(Si lo deseas puedes comentar el artículo, tus comentarios serán bienvenidos, y si quieres vincular el artículo a tu web o blog, puedes hacerlo sin ningún problema). Correo de contacto: fracasoacademico@gmail.com 

Anuncios

6 comentarios el “¿Contribuyen los “deberes” al fracaso escolar?

  1. Probablemente no haya una única causa en el proceso que ha llevado a convertir las tareas escolares en casa en uno de los principales protagonistas de la actividad escolar. Lo cierto es que hay muchos profesores y maestros que piensan hoy, peor, están convencidos de que el alumnado que no hace los deberes no puede aprobar. Para mí lo más grave de esta forma de pensar es que convierte la tarea fuera de clase en la principal protagonista y relega a un segundo plano la actividad que se desarrolla dentro del aula. Si el trabajo fundamental no es aquel que se hace en el horario escolar, supervisado, orientado y corregido por el profesor sino el que se hace fuera del aula sin su apoyo y supervisión estamos delegando en otros la tarea formativa. No es extraño entonces que se contribuya a las desigualdades y restrinja las oportunidades a aquellos que no cuentan con una familia activa en la supervisión del trabajo escolar o tenga un origen humilde y sin recursos socioeducativos. La institución escolar debe cambiar en este y en otros temas, estableciendo objetivos que alcancen a toda la población escolar sin exclusión.

  2. En los últimos años he tocado muy profundamente el tema del fracaso escolar, puesto que era una de la las lineas clave en el centro del que era responsable, sobre todo porque la totalidad de los usuarios atendidos tenían esta característica. Al ser un centro de educación no formal (desde una ONG) justamente tenía que lidiar con el tema de los deberes que traían (o escondían) en la mochila.

    Te puedo decir que esos deberes jamás han servido para mada a los niños y niñas. Justamente aquellos que presentan retraso escolar son los que más sufren con los deberes, ya que éstos son únicos para toda la clase, tenga el nivel que tenga el niño o la niña y, al tener que realizarlos sin el apoyo de los maestros, es algo que les supera por completo.
    Pero aún hay más. Los niños y niñas que tienen algún tipo de retraso escolar pasan todo el día aguantando sentaditos en una silla “soportando” contenidos que no entienden, porque en algún punto del camino perdieron el hilo. Cuando salen de este suplicio, llega la segunda parte, que son los deberes. Es como si a nosotros, los adultos, nos obligaran a estar durante toda la jornada laboral resolviendo problemas de física nuclear sin tener ni idea de esta materia, reprochándonos que lo hagamos mal y castigándonos con puntos negativos o rebaja del sueldo o similar. Y después, en casa, más problemas de física nuclear que hay que llevar resuletos, pero como los habremos hecho mal, pues más penalizaciones para nosotros.

    Los niños que tienen retraso escolar sufren estos deberes y se ven perjudicados muy profundamente porque su sensación de no ser capaces de hacerlo aumenta cada día en el que se esfuerzan y no lo consiguen. Y llega un momento en que no se esfuerzan más, porque el resultado va a ser el mismo.

    Desde mi experciencia en este tema, son tres los pasos que se necesitan para darle la vuelta al fracaso escolar: que los niños y niñas se crean capaces de lograrlo (esto se obtiene mediante tareas a medida de sus capacidades y eliminando el miedo a las penalizaciones si se equivocan o no recuerdan algo que ya se les ha explicado), una motivación para esforzarse (motivación propia, personal, no las notas y ese lejano futuro en el que van a ganar bien la vida por estudiar hoy) y una buena gestión de las emociones y los impulsos (resistir la frustración, postergar la gratificación por una gratificación mayor). Autoestima, motivación e inteligencia emocional, esto es todo, con este sistema he visto ocurrir milagros.

    En todo caso, sobre el tema del fracaso escolar y cualquier otra problemática que pueda darse en un niño o niña, si algo he aprendido con los años es que cuando un niño no responde como esperamos no es que le pase nada, sino que los educadores nos estamos equivocando con los métodos y la estrategia. El fracaso escolar de ningún modo es problema de los niños, sino de la escuela.

  3. Pingback: Entre maestros | La Diversiva

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s