¿Por qué el silencio contribuye al fracaso escolar?

En la actualidad existen algunos consensos importantes sobre varios aspectos relacionados con el aprendizaje y la construcción del conocimiento en sociedades democráticas donde se considera un el valor irrenunciable la libre expresión de ideas y pensamientos. Entre ellos cabe reseñar que:

  • El conocimiento se construye en interacción.
  • El conflicto entre lo que se sabe y las nuevas ideas es una fuente de conocimiento.
  • Se aprende cuando se está motivado e interesado.
  • Aprender es algo más que recibir información.
  • Los aprendizajes duraderos se producen cuando se le encuentra sentido a lo aprendido.

De modo que un adecuado modelo educativo no parece que sea compatible con estudiantes que permanecen quietos, sentados y callados en las aulas: ¿cómo aprender sin hablar, intercambiar, preguntar, desplazarse para buscar fuentes o a los compañeros?, ¿cómo afrontar un problema sin hablar?… Además, la participación y la expresión a través de la palabra de los estudiantes, la posibilidad de escucharlos facilita el que se pueda saber qué y cómo van entendiendo todo aquello que tienen que aprender.

Parece tan obvio y, sin embargo, son numerosas las aulas donde se siguen viendo los bancos alineados y los estudiantes mirándose las nucas en silencio. El culto al silencio sigue siendo un baluarte de la vida escolar, no faltan quienes quisieran que los centros educativos, ese espacio donde miles de niños y jóvenes pasan muchas horas de sus vidas, se parecieran a esos templos y monasterios que se rigen por una regla de silencio.

Nos encontramos, por tanto, con una contradicción entre lo que sabemos sobre el aprendizaje y unas prácticas pedagógicas caracterizadas por estar obsesionadas por el silencio y la disciplina, un resabio de épocas supuestamente superadas que impide conocer los procesos individuales de aprendizaje, lo cual propicia el fracaso escolar de numerosos niños y jóvenes.

El silencio es uno de los contenidos más poderosos de lo que se conoce como el  curriculum oculto: todas aquellas normas, valores o costumbres que se enseñan y que no se explicita que se están enseñando, pero que suelen cobrar incluso más fuerza y contundencia que cualquier contenido curricular. No es menor reconocer entonces que todavía en muchos centros educativos se enseña a los niños y jóvenes a callar.

La mayoría de los docentes prefieren tener estudiantes “tranquilitos” (y la mayoría de los padres también prefieren que sus hijos sean así). Cuando se expresan acerca de los mejores alumnos destacan sus actitudes o características personales, pero no su capacidad para construir conocimiento. Sin duda que en la “escuela” se tienen que enseñar valores además de conocimientos académicos, ¿pero entre esos valores se encuentra la sumisión?.  

En un sistema educativo que dice caracterizarse por la calidad y el academicismo, se termina ponderando más la sumisión y la mansedumbre que las capacidades inherentes al aprendizaje. Es más, si un estudiante osa ostentar un excelente desempeño académico pero se aburre en clase y “molesta”, suele ser castigado en sus calificaciones, es frecuente que se las bajen por el hecho de no “comportarse bien”. Se entiende que los “buenos alumnos” son aquellos que mantienen una actitud permanente de calma y quietud dentro y fuera del aula, están callados y escuchando en clase, frente al estereotipo de los “malos” identificados como los charlatanes sin remedio. Eso es lo que hay detrás de un “conversa mucho con sus compañeros” en los boletines de notas, remarcado dentro de los aspectos sobre los que se necesita seguir trabajando. Se confunde la evaluación del aprendizaje (en un determinado campo curricular) con los juicios sobre la personalidad o las actitudes de los estudiantes. Así, nos encontramos con que hay estudiantes brillantes que no reciben las mejores calificaciones en un área que dominan a fondo, porque sus profesores buscan “aleccionarlos” para mejorar su comportamiento.

 Por tanto, parece que muchas veces termina siendo más importante la postura personal que los aprendizajes realizados. Eso sucede cuando en los centros educativos se pone el énfasis en “domar” a los niños o jóvenes discutidores o aburridos. Cuando el objetivo es sacar personas dóciles de seres inquietos, e incluso lograr que los niños y jóvenes sean capaces de algunos retos y humillaciones públicas sin contestar. Foucault analizaba este tipo de situaciones en “Vigilar y castigar” (1975), y decía que la perpetuación de una condición de “alumnidad” basada en el condicionamiento de los cuerpos (la disciplina) estaba instalada en el cotidiano de la escuela.

Cuando no se logra obtener como resultado el esperado “niño quieto y callado” se recurre al grito, la sanción o la ironía. Cualquiera de ellos lastima en el marco de una relación asimétrica tal como se define el vínculo entre docente y estudiante. Educar en el silencio implica igualmente en muchos casos anular las pocas posibilidades que un estudiante tiene de pedir ayuda, de hacer oír sus problemas. De este modo se va minando la confianza que tienen los niños y jóvenes para expresarse, hasta que llega en un momento en que aprende “que es mejor callar”, que no decir nada “está bien”. Finalmente quizás se logre callarles, pero lo que se suele conseguir también es invisibilizarles, aprenden un rol que mantendrán a lo largo de su trayectoria escolar intentando pasar lo más desapercibidos posible y sobrevivir.

Esta situación se agrava entre aquellos niños y jóvenes a los que culturalmente se les ha enseñado también a callar, a “agachar la cabeza”, a someterse. O entre aquellos que sufren acoso escolar por parte de sus pares.

Los centros educativos deberían promover e incentivar la expresión y el movimiento. Sin embargo sucede justamente lo contrario en muchos de ellos: se venera el silencio, la individualidad, la quietud, la docilidad. Se demanda de los estudiantes una atención permanente durante horas, cuando los propios docentes les resulta inviable prestar esa atención a todos y cada uno de sus alumnos.

Un aula donde se construye realmente el aprendizaje debería ser un espacio activo y muchas veces ruidoso. Por supuesto que también hay que enseñar a escuchar y a respetar al otro, que la palabra de uno merece ser escuchada tanto como la del otro, pero para eso no es necesario que una clase sea un espacio sepulcral. Es más, cuando eso sucede lo que se enseña es que únicamente la palabra del profesor es la que únicamente vale la pena escuchar.

Cuando los estudiantes están realmente interesados en lo que se les propone aprender, no es necesario llamarlos permanentemente al silencio o a la calma. El clima de trabajo se construye espontáneamente si la propuesta pedagógica es la adecuada para incentivar el aprendizaje.

Cuando un docente reclama asiduamente la atención de todos los alumnos debería pensar qué algo no funciona en su estrategia didáctica. El rumor es un indicador de que algo está pasando en una clase. Si nos empeñamos en taparlo con pedidos de silencio, lo más probable es que nunca sepamos qué es lo que pasó, el por qué, etc., pero además lo que es seguro es que se perderá la oportunidad de dar voz a los estudiantes que evidentemente necesitan decir algo.

Sin duda que el ruido extremo de los centros educativos satura tanto a docentes como a estudiantes, a veces hasta produce dolores de cabeza. Tampoco es cuestión de negar que después de escuchar hablar a otros todo el día, son necesarios también los espacios de silencio y quietud. Pero empoderar, dar voz, abrir espacios para hablar, debatir… en síntesis: usar la palabra como medio de expresión cotidiana debería ser uno de los ejes del aprendizaje en los centros educativos y una forma de evitar el fracaso escolar. Quizás si se piensa cuántos espacios concretos se dan para todo esto en relación con cuánta energía se pone en callar a los estudiantes, las cosas se vean de otra manera.

Pensemos sobre ello poniéndonos en la perspectiva que tienen los niños de estas situaciones, para ello veamos un video que plantea esta cuestión:

(Este texto es una versión de dos artículos que se han publicado originalmente en el blog “Pensar la escuela” por Débora Kozakhttp://pensarlaescuela.com/2014/12/13/los-docentes-los-prefieren-calladitos-y-quietitos/ y http://pensarlaescuela.com/2015/05/29/la-escuela-y-el-silencio/)

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