¿Qué actitudes de los padres contribuyen al fracaso escolar?

La mayoría de las madres y los padres damos mucha importancia a los estudios de nuestros hijos, y pensamos que si les va bien en ellos tendrán más oportunidades de poder labrarse un buen futuro. Pero no siempre tenemos claro cuál es nuestro papel en su aprendizaje y cómo debe ser nuestra relación con la “Escuela”, de modo que a menudo puede que estemos adoptando conductas que quizás no sean las más adecuadas u óptimas para contribuir a su buena educación.

En la sociedad actual concedemos mucha importancia a la formación y a las calificaciones académicas de nuestros hijos, y cada vez más a menudo se nos dice desde diferentes ámbitos que nuestra implicación como padres en sus estudios incide directamente en los resultados escolares que obtienen. Muchos padres nos volcamos en la educación de nuestros hijos e invertimos, de acuerdo a nuestras posibilidades, mucho dinero, tiempo y emociones. Sin embargo, los resultados no siempre son los esperados, por ejemplo, más de un tercio de nuestros hijos repite al menos un curso antes de terminar la Educación Obligatoria. Es obvio que las administraciones y los centros educativos tienen una gran responsabilidad en las elevadas tasas de fracaso escolar, pero nuestro desconocimiento y/o desorientación sobre cuál ha de ser nuestro rol en el aprendizaje de nuestros hijos puede estar contribuyendo también al problema.

Hay muchas preguntas a las que no siempre sabemos dar respuesta: ¿tenemos que estudiar con nuestros hijos?, ¿ayudarles con los deberes?, ¿preguntarles la “lección”?, ¿revisar y corregir los trabajos escolares antes de que los entreguen?, ¿darles premios si sacan buenas notas o aprueban?, ¿debemos ponerles tareas extras?, ¿es conveniente llevarles a alguna academia o a profesores particulares?, ¿tenemos que “controlar” sus agendas escolares?, ¿cuándo es conveniente hablar con los profesores y los otros padres sobre la marcha del curso?, ¿debemos estimularles con actividades extraescolares?, etc. Y, a veces, las respuestas que damos a estas cuestiones no son las más acertadas. Veamos a continuación media docena actitudes que adoptamos con cierta frecuencia y que pueden resultar contraproducentes para el aprendizaje y la educación escolar de nuestros hijos:

1. Pretender ejercer de “maestros”. Si hemos optado por escolarizar a nuestros hijos, y no por opciones alternativas de “educación en casa” (Homeschooling), parece que existe una gran coincidencia entre psicólogos, pedagogos y docentes en que es un error pretender ser padres y maestros a la vez, porque:

  • Facilita que se generen situaciones conflictivas entre los hijos y los padres, de manera que el tiempo de estudio en la casa se puede convertir en una tortura tanto para ellos como para nosotros.
  • Incentiva el que los hijos vean reducida su autonomía, sean menos proactivos y más dependientes, si se acostumbran a que todo lo que hagan tenga que estar supervisado y tutorizado por nosotros.

Por ello, no debemos pretender enseñarles los contenidos que trabajan en la Escuela, ni que otros lo hagan por nosotros (academias, profesores particulares), ni adquirir materiales, etc. suplementarios para trabajar en casa las cosas que ya hacen en los colegios e institutos. Este tipo de prácticas además pueden entrar en “conflicto” con los métodos de trabajo de sus centros educativos, y cuestionar la competencia de sus maestros y profesores.

Nuestro rol tiene que ser el de acompañantes del aprendizaje de nuestros hijos, compartir con ellos las situaciones cotidianas, comentarlas y reflexionar sobre ellas conjuntamente, y facilitarles oportunidades para que pongan en práctica o refuercen los conocimientos que han adquirido en la Escuela sin forzar situaciones (ver Familia y “éxito escolar”). Esto no significa que si nuestros hijos nos preguntan algo que no saben o no entienden, no le ayudemos facilitándoles pistas o herramientas para que busquen y encuentren las respuestas.

Si queremos que nuestros hijos se hagan responsables, debemos fomentar su autonomía, de manera que si bien tenemos que ejercer un control y supervisión de lo que hacen, este tiene que ser lo más sutil que sea posible, no debemos convertirnos en unos “auditores” sistemáticos e implacables de su trabajo escolar. Esa labor de auditoría ya se realiza en los centros educativos. Como dice Benjamí Montenegro, no debemos convertirnos en unos Sherlock Holmes:

“Hay padres que rastrean los deberes, los trabajos, las fechas de los exámenes a través de las redes sociales o de los padres de otros niños para ver si el hijo hace o no sus tareas, y eso provoca un boquete de desconfianza y no resuelve nada” (“Escuela: los 12 errores de los padres“, La Vanguardia, 27 de septiembre de 2013).

Ni tampoco, debemos solucionarles las pequeñas cuestiones o problemas que les corresponde resolver a ellos: tareas que tienen que realizar para una determinada fecha, material del que son responsables, etc. Ellos tienen que aprender a organizarse y deben afrontar solos esas cuestiones, aunque pueda suponerles algún pequeño perjuicio a corto plazo el que no las resuelvan adecuadamente.

2. Pretender que nuestros hijos sean genios, “superdotados” o los “primeros de la clase”. Es muy habitual en las familias actuales creer que los niños deben desarrollar lo más rápidamente posible sus capacidades, como si de no hacerlo cuando sean algo más mayores habrán perdido la oportunidad de desarrollarlas. Este tipo de creencia carece de base científica, pero sin embargo solemos hacer todo lo posible para que sepan leer y escribir con cuatro años o antes, les apuntamos a un montón de actividades extraescolares para descubrir y potenciar su “talento”, etc. cuando perfectamente pueden aprender a leer a los 7 años (por ejemplo) sin ningún tipo de problema, y descubrir su “talento” poco a poco según van creciendo y descubriendo el mundo que les rodea.

La educación es un proceso a largo plazo, pero los padres tendemos a ser impacientes en los primeros años de vida de nuestros hijos, y actuamos como si fuera necesario que aprendan lo máximo posible en el menor tiempo. Lo que conlleva que seamos también poco tolerantes con los errores propios del proceso de aprendizaje que puedan cometer, o las dificultades que muestren tener. Esta actitud también puede interferir con el ritmo de trabajo que se sigue en el colegio al que van nuestros hijos y/o con su método pedagógico, propiciando que los niños reciban mensajes contradictorios.

Este afán que a veces tenemos los padres de sobreestimular a nuestros hijos, de que hagan o sepan muchas cosas y cuanto antes mejor, de exigirles importantes esfuerzos a edades muy tempranas, hace que terminemos poniéndoles el listón demasiado alto a muchos de ellos, de manera que lejos de lograr que alcancen una evolución cognitiva más rápida y desarrollen “talentos” por encima de lo normal, puede generarles efectos contraproducentes. Podemos lograr lo contrario de lo que pretendemos, esto es, desmotivación, resistencias, bajar su autoestima, y consiguientemente frustración y desinterés por todo lo académico, etc. al encontrarse que no pueden satisfacer las expectativas que hemos puesto en ellos.

Tendemos a proyectarnos en nuestros hijos, a trasladarles nuestras expectativas y preferencias. Estos afanes, son una muestra de ello, y eso nos dificulta conocer cuáles son los intereses, los gustos, las cualidades y las capacidades reales de nuestros hijos, así como aceptar las “limitaciones” que puedan tener.

3. Focalizar principalmente nuestra atención en los estudios. Hay familias en las que podemos estar excediéndonos en la importancia que le damos a los estudios de nuestros hijos, esto sucede cuando la mayor parte de las conversaciones que mantenemos con ellos en el día a día giran en torno a ese tema, cuando queremos que los estudios “monopolicen” de alguna manera su tiempo, y con ello hacemos que perciban que esa es la cuestión que más nos preocupa e importa de sus vidas. Olvidamos de esta manera que para su desarrollo, tan importante o más que el mundo académico, necesitan tener y realizar otro tipo de actividades: lúdicas, sociales, culturales, afectivas, deportivas, etc. muchas de los cuales no las pueden ejercitar o desarrollar dentro del ámbito escolar, ni familiar.

Cuidado por tanto si nuestros hijos piensan cosas del tipo “A mis padres sólo les importan las notas que saco, no les interesa nada más“, sobre todo si están teniendo dificultades en el colegio o en el instituto, o sus resultados no son los que esperamos de ellos.

4. Actuar bajo premisas conductistas de los premios y castigos. Los padres solemos tener la costumbre de prometer a nuestros hijos algún regalo especial si aprueban o sacan buenas notas, pensando que de esta forma les motivamos, y les animamos a esforzarse en el estudio. Pero este tipo de prácticas tienen dos graves problemas:

  • Con ellas contribuimos a que piensen que el aprendizaje, el conocimiento, etc. no son un fin en sí mismos, que son solo un medio para alcanzar bienes materiales. Implícitamente les trasladamos el mensaje de que hay casas más importantes que descubrir cosas nuevas, plantearse retos, descubrir y desarrollar sus intereses…, y que uno solo debe actuar en función de los estímulos materiales que pueda tener a su alcance.
  • Si a pesar de las recompensas prometidas no obtienen las calificaciones esperadas, lo que conseguimos es que su sensación de fracaso y su malestar sea mayor, porque además de no alcanzar el éxito escolar se quedan sin regalos. Si, además, alcanzar las metas que se asocian a los premios les resultan especialmente difíciles, lo que generaremos será una importante frustración en nuestros hijos si no logran los objetivos que les planteamos.

Los padres debemos elogiar, aplaudir y celebrar los resultados académicos que alcanzan nuestros hijos, pero no intentar “comprarlos” con premios y/o “chantajes”. Si los resultados no son los esperados, en lugar de abroncarles por las notas, tenemos que sentarnos con ellos a analizar las posibles causas y buscar soluciones, al tiempo que les transmitimos nuestro ánimo. Finalmente, es lo que nos toca a todos hacer en el día a día cuando nos surge algún problema, nuestra actitud ante la “escuela” y el aprendizaje de nuestros hijos no hay motivo para que sea distinta.

La otra cara del premio, por tanto, suele ser el castigo. Igualmente, hay al menos dos motivos por los cuales no deberíamos ligar el proceso de aprendizaje de nuestros hijos con el “castigo”, y eso sucede cuando les plateamos directa o indirectamente que han de hacer determinadas tareas, deberes, trabajos o lecturas como condición (“castigo”) para poder jugar a los video juegos, ver la TV, salir con los amigos, etc.

La realización de las tareas escolares debe ser un tiempo de tranquilidad y sosiego para trabajar, no de regañinas como muchas veces sucede. Si queremos que nuestros hijos aprecien el placer de la lectura o del estudio no debemos convertir estas actividades en un peaje necesario para lograr otras cosas, esto es, en un castigo.

5. Atribuir a algún problema psicológico o neurológico los malos resultados académicos de nuestros hijos. Es posible que algunos de nuestros hijos tengan problemas de estas características, pero son casos minoritarios que en el peor de los casos puede afectar al 5% de ellos. Estas situaciones, que cabría considerar como excepcionales, no justifican que se haya disparado el consumo de pastillas para el TDAH, como si de repente hubiese surgido una epidemia que afecta a casi una cuarta parte de los niños y adolescentes, por poner un ejemplo bastante común. Parece algo obvio que el hecho de que repita algún curso más de un tercio de ellos, no puede achacarse a alguna enfermedad psiquiátrica, y que por tanto su solución sea una cuestión farmacológica.

De esta forma lo que estamos haciendo cada día más es transformar los posibles problemas familiares, sociales o pedagógicos, que puedan estar afectando a nuestros hijos, en problemas de carácter médico o psicológico. Y ello trae como consecuencia el que optemos por medicarlos (y en muchos caso doparlos), antes que por analizar las causas del bajo rendimiento y emprender cambios en la casa y/o en la escuela.

6. Relegar la relación con los centros educativos y sus docentes a un segundo plano. Esto sucede cuando no nos interesamos por conocer sus proyectos docentes, cuando evitamos mantener un contacto regular con ellos, cuando no participamos ni nos implicamos en la vida de los centros a los que llevamos a nuestros hijos.

Si nuestra actitud hacia los colegios e institutos es esa, es difícil que logremos transmitir a nuestros hijos el convencimiento de que para nosotros es realmente importante su educación y lo que hacen en sus colegios e institutos. Y contribuir, de esa manera, a que se sientan más comprendidos, acompañados y motivados en su día a día.

Esta cuestión, sobre cómo deberíamos implicarnos y participar en los centros educativos de nuestros hijos, se aborda de una manera más amplia en este otro artículo “La relación de las familias con los docentes

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Comentarios:

incitandoacrecer (7 de septiembre de 2018):

Muy buen post, son unas reflexiones muy necesarias y más ahora, al comienzo de curso. Estoy de acuerdo en casi todo, pero voy a añadir un poco en el punto 2:

Comparto lo que comentas sobre tener prisas, en el caso de la lectura, puede ser contraproducente intentar que sea demasiado pronto, como indicas. Sin embargo, en el caso del aprendizaje de idiomas si que hay un periodo sensible hasta los 7 años. No es que no se pueda aprender después, pero si es más fácil y tiene ventajas estar expuesto a los idiomas a esa edad. Dejo un enlace de mi post de ayer sobre este tema: https://incitandoacrecer.com/2018/09/06/la-ciencia-del-aprendizaje-de-idiomas-en-los-ninos/

Las extraescolares tienen su función y son otra vía de aprendizaje que creo que debe complementar al colegio. Debemos elegirlas con cuidado y no presionar a los niños, pero pueden ser una fuente de diversión, aprendizaje y enriquecimiento muy importante para ellos.

Por último, no todos los niños tienen altas capacidades, pero los que si las tienen, los que están identificados, tienen derecho a desarrollarlas, lo cual en la práctica no es tan fácil de conseguir en muchos coles y eso es un gran problema para estos niños.

gracias y un saludo