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¿En qué se parecen un profesor y un director de orquesta?

Una de las mayores frustraciones de un profesor es comprobar cómo sus esfuerzos se estrellan contra una rica gama de actitudes que van de la flojera mental a la indiferencia, si no algo peor. No siempre es así, pero, cuando ocurre, es desesperante. Son situaciones que provocan sentimientos muy negativos y generan en las ganas de enseñar de cualquier profesor un desgaste cada vez más corrosivo.

A ello se suma el hecho de que a los profesores se les valora en general por los resultados de sus alumnos, más que por su trabajo propiamente dicho, si es que ambas cosas pudieran diferenciarse tan fácilmente. Eso provoca que un profesor pueda creer que desempeña su tarea bien, o incluso muy bien, pero, a la hora de la verdad, si sus alumnos no entran en el juego, se considera que ha hecho un mal trabajo. Aunque ya están acostumbrados, muchos docentes siguen resistiéndose a aceptar esa forma de evaluación indirecta.

Su tentación es pensar: “Enseño lo mejor que puedo, y el que no me siga, allá él. Yo he hecho mi trabajo”. O incluso: “Yo tengo mi dignidad y no me voy a matar por unos descarriados que no se merecen mi esfuerzo”. Es una manera de ver las cosas que puede llegar a comprenderse, pero es equivocada. Es necesario cambiar la perspectiva, y para ello resulta inspiradora la metáfora del director de orquesta.

Me apoyaré en un excelso pianista y director de orquesta: Daniel Barenboim. Este artista (nacido en Buenos Aires, y con una singularísima triple ciudadanía española, israelí y palestina), suele afirmar algo que debería mover a la reflexión a los profesores: el director de orquesta es el único músico sobre el escenario que no tiene contacto físico con ningún instrumento. Por lo tanto, tiene que sacar lo mejor de sí mismo sacando lo mejor de los músicos que tiene delante. Su esfuerzo no habrá valido la pena si no consigue ganarse a los integrantes de la orquesta y conducirlos hacia la idea que él tiene de esa obra en concreto (hacia la interpretación ideal de la Orquesta Sinfónica Celestial, como suele decir el maestro Enrique García Asensio para corregir a sus músicos cuando ensaya).

La única herramienta de ese singular músico sin instrumento es un sencillo palito de madera de abedul: la batuta. Con ella y con ese baile ante el atril que, visto desde lejos, podría calificarse de uno de los más ridículos jamás vistos, tiene que poner en juego todo el sentimiento artístico y la energía creativa de sus músicos para llegar a la cima: una belleza que solo se despliega cuando suena, no en la partitura.

(Permitidme intercalar aquí un pequeño paréntesis en homenaje al inspirador de la metáfora que a continuación desarrollo: disfrutad de Barenboim dirigiendo el Triple concierto de Beethoven, nada menos que con el violochelista Yo-Yo Ma y el violinista Itzhak Perlman (que padece poliomelitis), y él mismo al piano y a la dirección. Paradójicamente, justo en esta ocasión el director sí tiene contacto con un instrumento).

El hecho de que los alumnos que cualquier profesor tiene delante no sean profesionales retribuidos, ni expertos en la materia, ni personas ya maduras y con muchos ensayos encima, sino jóvenes inquietos, en busca de sí mismos, con cierto descontrol emocional, inexpertos en muchas materias y asistentes casi obligados a las clases, hace que las situaciones sean extraordinariamente diferentes. Pero, en mi opinión, eso no le quita ni un gramo de poder inspirador al pensamiento de Barenboim, siempre que se tome como una metáfora, y no como una descripción entomológica de la clase.

Si nos ponemos a pensar con cierta libertad en el papel ideal del profesor, ¿qué conclusiones prácticas cabe sacar de la idea del director de orquesta?

  1. El objetivo de un profesor no debería ser imponer orden y disciplina por sí mismos, sino conseguir un ambiente que favorezca las ganas de aprender y canalice el aprendizaje en sí mismo.Es mucho mejor una clase agitada, pero enfocada al aprendizaje, que una clase paralizada en la que cada mente está en lo suyo.
  2. Un profesor no está en clase para demostrar lo mucho que sabe, sino para conseguir que sus alumnos aprendan,sobre todo aquello que les creará una palanca para volver a aprender. Es como el director de orquesta: por muy clara que tenga en la cabeza la idea Concierto para violín y orquesta de Mendelssohn (otro regalo: no os perdáis a Janine Jansen con la BBC Simphony Orchestra), fracasaría si no conduce a los músicos hacia esa idea y hacia una mejora permanente.
  3. Un profesor no trabaja con contenidos, sino con personas que deben asimilar contenidos y proyectarlos hacia el futurocon el objetivo de sacar lo mejor de sí mismos, como los músicos de la orquesta.
  4. Un profesor no debe limitarse a lamentar que haya alumnos díscolos, sino que debe intentar insuflarles ganas de aprender.Es algo de extremada dificultad cuando hay muchos, pero es algo que va en el oficio. En eso hay que reconocer que la diferencia con el trabajo del director es sustancial.
  5. Un profesor no solo debe transmitir mecánicamente conocimientos, sino inspirar la idea de que los conocimientos son enriquecedores personalmente.Habitualmente, el director no toca, hace que los músicos quieran tocar como él cree que deben hacerlo.

Todos sabemos que ningún director de orquesta es aclamado si los músicos que dirige no tocan bien. Así que, a semejanza de ello, es una buena idea que el profesor tenga siempre en mente cómo interpretaría la Orquesta Sinfónica Celestialla música de cada día en el aula. Es decir, no solo cómo lo hace él, no solo cómo enseña, sino qué tipo de relación con el aprendizaje quiere transmitir a sus alumnos para que estos aprendan. Es decir, qué consigue que consigan sus alumnos, no él. Exactamente como el director de orquesta. Ese que a veces es aplaudido por sus propios músicos.

Ojalá fuera así en el aula, aunque solo fuera con la mirada.

Artículo de Carlos Arroyo en el Blog “Ayuda al estudiante”: http://blogs.elpais.com/ayuda-al-estudiante/2013/02/en-que-se-parecen-un-profesor-y-un-director-de-orquesta.html

 

2 comentarios el “¿En qué se parecen un profesor y un director de orquesta?

  1. Aquí se parte de la falacia más extendida en Educación: que el alumnado tiene una innata predisposición por aprender y que lo que fallan son las metodologías docentes. Desgraciadamente, la metáfora del director de orquesta no puede ser más falaz: el director de orquesta trabaja con toda una serie de personas muy duchas en su arte (la música), mientras que el profesorado debe lidiar con un alumnado desmotivado, con unas carencias intelectuales gravísimas, con unas circunstancias sociales y familiares que influyen decisivamente, y con una cerrazón total hacia cualquier intento por parte del docente.
    Llevo varios años ejerciendo como docente (soy funcionario de carrera), y pese a probar mil y una estrategias metodolólgicas, a cada cual más arriesgada y original que la anterior, me encuentro con el mismo resultado día tras día, embargándome una sensación de fracaso profesional y personal que me ha llevado varias veces a cuestionarme mi profesión.

    • La metáfora de la orquesta permite recrear una imagen sobre cuáles son algunas de las funciones que deben desempeñar los docentes en las aulas. La misma metáfora quizás también podría utilizarse para vislumbrar cómo deberían funcionar los equipos docentes de los centros educativos. Si aplicáramos en ese ámbito la metáfora, ¿también sería una falacia pensar que el profesorado tiene una innata predisposición por lograr que todos sus alumnos aprendan, y que en realidad el problema es que los directores de los centros deben lidiar con un profesorado “desmotivado”, con unas carencias metodológicas gravísimas, con unas circunstancias sociales y familiares que influyen decisivamente, y con una cerrazón total hacia cualquier intento de cambio?
      La docencia no es una tarea individual, es un trabajo que se desarrolla en equipo, ¿ha probado a aplicar las estrategias metodológicas que señala de manera coordinada con el resto de los docentes de su centro, como si formara parte de una orquesta?

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