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¿Cómo hacer la revolución en la evaluación?

José M. Sánchez formula en propuestas para transformar los actuales sistemas de evaluación presentes en la mayoría de los centros educativos.

Cuando alguien definió el Síndrome de Estocolmo se refería al proceso de calificación en educación. Tengo la sensación de que los alumnos pasan de tenerla miedo a ser adictos a ella. Me parece increíble cómo terminamos teniendo grabado a fuego el poder controlador de la calificación y cómo algunos terminan incluso defendiendo a aquellos profesores que manejaban el clima de la clase a base de amenazas del tipo “si sigues hablando te bajo un punto de la nota”, “si no traes el material estarás suspenso”, “si no haces los deberes tendrás un punto negativo que te resta nota al final”.  Se me ocurren tantos ejemplos…

En estos momentos en los que se habla tanto de la educación del Siglo XXI y del aprendizaje competencial, las metodologías activas, las nuevas tecnologías, la autorregulación en el aprendizaje, etc., aún se sigue usando la calificación como elemento de poder y control. En muchos casos la evaluación, que es el proceso más rico y poderoso en la construcción de aprendizajes, se reduce a la fórmula “calificación=control”.

La evaluación tal y como es entendida en la mayoría de centros educativos debe ser la primera víctima de la revolución educativa. Y a pesar de que algunos de los aspectos teóricos están claros (la mayoría entiende las bondades de la autoevaluación, las rúbricas, la reflexión continua, etc.), aún existe una gran brecha entre teoría y praxis.

Para acercar ambas aproximaciones (teórica y práctica), me arriesgo a lanzar una serie de propuestas con el objetivo de que cada docente las lleve a su contexto, las modifique, las haga reales, las critique, las mejore y nos devuelva sus propias experiencias.

1. Permitir al alumno autoevaluarse antes de ser evaluados de forma externa por parte del profesor o de otros compañeros. Sin negar que la información obtenida por el exterior es valiosa para el aprendizaje, debemos permitir que el alumno sea el primero en juzgar su propio proceso y los resultados obtenidos fruto del mismo. Debemos permitir que pueda hacer una valoración limpia de todo condicionamiento social.

2. Reflexión guiada del proceso de aprendizaje. Una reflexión constante por parte del alumno puede ser guiada por el profesor a través de guiones de autoevaluación con preguntas abiertas que estructuren dicha reflexión: ¿Cómo has planificado las fases del proyecto? ¿Cómo te has sentido? ¿Qué piensas que has aprendido con las tareas que has realizado hoy? Es importante que el docente acoja sin juicio las respuestas de los alumnos a estas preguntas, ya que se trata de reflexiones que el alumno hace para sí.

3. Hacer el pensamiento visible. Las reflexiones del alumno deben quedar registradas en un diario, portfolio, videoblog, etc. Es importante permitir al alumno invertir tiempo para su reflexión durante el tiempo en que está en clase e inmediatamente después de realizar las tareas. Además deben tener un carácter libre y abierto, ya que cada alumno se sentirá más cómodo con la forma de registrar su reflexión. Si obligamos a realizar un formato único y aumentando la carga de trabajo en casa caeremos en el error de provocar el rechazo hacia una tarea que se debe hacer con gusto.

4. Dotar de importancia a las evaluaciones cualitativas. Cuando nos ocupamos de aspectos tan complejos como el aprendizaje, pensar que se pueden evaluar con un simple número es un error de concepto desde el inicio. Para que un alumno obtenga una información personalizada, es absolutamente necesario la utilización de información de tipo cualitativa. Si bien es cierto que las evaluaciones cualitativas han supuesto siempre un exceso de trabajo para los docentes, hay algunos ejemplos que no suponen una mayor carga. Proporcionar un vídeo o una foto de un alumno mientras trabaja, es una información cualitativa muy valiosa para que él mismo pueda autoevaluarse.

5. Renovar los instrumentos de evaluación. Se necesitan instrumentos que den información a los alumnos sobre los logros adquiridos, centrados en la consecución de competencias y no en la memorización de contenidos. Olvidemos pruebas obsoletas diseñadas para obtener una calificación numérica y empecemos a utilizar rúbricas, guiones de evaluación, portfolios…

6. Utilizar rúbricas y que los alumnos participen en su diseño.Las rúbricas pueden ayudar a los alumnos a evaluarse de una manera más precisa en función de unos criterios preestablecidos. Cuando los alumnos participan en su diseño conseguimos que tengan una mayor comprensión del proceso de evaluación, les ayudamos a establecer metas y prioridades, y obtendrán una rúbrica más cercana a sus intereses. Tal como recomiendan Andrade y Valtcheva (2009) se recomienda que la rúbrica se entregue a priori porque esto les permite establecer objetivos más acordes a la evaluación posterior.

7. Hacer de la evaluación un proceso constante, no eventual. La famosa evaluación continua debe ser un proceso constante y continuado en el tiempo, no la suma de evaluaciones parciales. Cuando creemos que estamos haciendo evaluación continua por parcelar las unidades a evaluar en periodos de tiempo más cortos, lo que estamos haciendo son evaluaciones finales cada menos tiempo, no una reflexión continuada.

8. Oportunidad para corregir lo fallado. Cuando un alumno recibe una evaluación, debe poder mejorar su trabajo. Si no hay opción de mejorar la misma tarea o tareas posteriores que requieran las mismas habilidades, ¿para qué sirve la evaluación?

9. Aumentar el valor de la subjetividad en la evaluación.Tal y como expone Acaso en rEDUvolution, debemos aceptar que es absolutamente imposible realizar una evaluación neutral e imparcial, al tratarse de un proceso humano. Por ese motivo debemos asumir que la evaluación tiene un componente emocional que le aporta un valor añadido a la valoración y que le da una información al alumno de cómo su comportamiento y sus productos provocan un efecto en los demás.

10. Calificación transparente y participativa. Aunque el proceso de calificación no puede suponer el centro de la actividad docente (como lo lleva siendo muchos años), es una parte obligada y, en palabras de Ken Robinson, necesaria para que el alumno se posicione en relación a unos estándares prefijados. En cualquier caso, debe realizarse de manera que el alumno conozca previamente los criterios de calificación y utilizando procesos de calificación dialogada.

2 comentarios el “¿Cómo hacer la revolución en la evaluación?

  1. Totalmente de acuerdo.Aunque cada vez que he intentado innovar ,por ejemplo utilizando el portfolio , con rúbricas de autoevaluación, los que se sorprenden y lo rechazan son los mismos alumnos. Creo que deberíamos trabajar al menos dos profesores/as del equipo docente del mismo modo para que el alumnado,respondiera bien. Otrro tema es la coordinación del equipo docente ,que siempre funciona a base de buena voluntad y no facilitado por unos horarios que la faciliten.
    En fin, que lo tenemos difícil pero voluntad y ganas de que todo funcione mejor no me faltan. Felicidades por el artículo.
    Unabrazo de ánimo.
    Maribel .

  2. Ay, Señor… Cuarenta años leyendo estas cosas y que aún parezcan reivindicaciones innovadoras… El verdadero problema no son los maestros: es la institución, la Escuela. No es posible evaluar sin exámenes. No lo es porque constituyen la esencia de la institución y la razón para la que fue creada. Por supuesto que hay ese síndrome de la adicción a la calificación. Y no sólo en los alumnos: en la mayoría de sus padres. Las familias quieren nota numérica y justificada hasta el último decimal, como garantía de justicia. Y, a veces, como garantía de aprendizaje. No hay salida a este problema. ¡Es la Escuela!

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