¿Los exámenes de septiembre son útiles frente al fracaso escolar?

Sin ninguna duda que los estudiantes que tienen dificultades para alcanzar durante el curso académico las competencias que nuestro sistema educativo quiere que adquieran, merecen contar con oportunidades para que lo logren, sin que ello implique la repetición de cursos. Ahora, la fórmula de los exámenes de septiembre como se contempla actualmente todavía en las enseñanzas no universitarias, en muchas Comunidades Autónomas, quizá no sea la más idónea. Por ejemplo, en la mayoría de los centros universitarios ya no se realizan exámenes en septiembre, buscan formulas de evaluación para que los estudiantes puedan superar las asignaturas en junio o julio, respetando de esta forma el derecho al descanso de los estudiantes en el mes de agosto.

¿Qué es lo que pueden hacer los estudiantes en verano que no han hecho durante el curso?. Para muchos la respuesta puede resultar sencilla: “estudiar”; pero esta respuesta esconde o presupone algunas cuestiones sobre las que sería conveniente reflexionar. La primera de ellas es que aparentemente parte de la idea de que los estudiantes pueden “estudiar y aprobar” una materia sin necesidad del apoyo de sus profesores. Si así fuera, inmediatamente nos tiene que surgir una cierta inquietud: ¿entonces para qué van al colegio o al instituto?, si los estudiantes pueden aprender sin ayuda de los profesores lo que no han aprendido con su ayuda durante el curso. Seamos conscientes de que durante el mes de julio, aunque sea un mes laborable, es muy extraño que haya algún centro que tutorice u organice actividades de apoyo para aquellos alumnos que lo requieran. Y menos aún en agosto, el mes de vacaciones del profesorado. Unas vacaciones que todos los adultos consideramos más que justas y necesarias, pero que cuando se trata de los menores, pareciera que nos surgen dudas sobre si tienen derecho a descansar y desconectar completamente de eso que consideramos que es su tarea: los “estudios”.

Lo cierto es que es bastante difícil que un menor adquiera por si solo en el verano las competencias que no logró durante el curso. Sin embargo, observamos que algunos estudiantes, aunque no muchos, logran aprobar asignaturas en los exámenes de septiembre. Puede haber al menos dos situaciones que lo expliquen. La primera es que durante el verano han contado con algún tipo de apoyo: clases particulares, academias o los propios padres. Si esto es así, también tendríamos que tomar conciencia de lo que esto de una u otra forma implica que:

  • Se propicia una discriminación socioeconómica en función de los recursos económicos que tienen las familias para pagar o no clases particulares y academias, y/o de los conocimientos académicos y culturales que los padres puedes prestar a sus hijos.
  • Muchos docentes y padres confían en que las academias y los profesores particulares (con frecuencia inexpertos y coyunturales) son capaces de hacer en un par de meses, lo que los centros y sus profesores no han logrado durante todo un curso. Esto sin duda cuestiona su trabajo, sin embargo, pareciera que la fuerza de la costumbre nos impide percibir esto con la suficiente claridad. Sobre todo porque, paradógicamente, muchas veces son los propios centros y los profesores los que promueven este tipo de actividades, recomendando a los padres que lleven a sus hijos a alguna academia o profesor particular, o no pronunciándose al respecto. Pocos son los centros y profesores que se muestran críticos con ellas.
  • Las academias y clases particulares son, lo queramos o no, un modelo de privatización de nuestro sistema educativo, que la tradición también ha hecho que parezca consustancial al sistema, y que muy pocos cuestionan, incluso entre los que más luchan en defensa de una “Escuela Pública y Gratuita”. Pero el gran número de niños y jóvenes que demandan todos los veranos estos servicios nos indica que el “fracaso escolar” genera un “negocio” nada despreciable.

La segunda situación que nos podemos encontrar es que los estudiantes aprueben sus asignaturas en septiembre sin necesidad de contar con ningún tipo de apoyo durante el verano. Seguro que no faltan menores con gran capacidad de automotivación y de trabajo que pueden lograrlo, lo extraño es que esas capacidades no se muestren durante el curso y si lo hagan en el verano. Por lo que, pareciera que para poder explicar esta situación haya que recurrir a suponer que algunos de los suspensos de junio son una manera de sancionar disciplinarmente a aquellos estudiantes que tienen comportamientos o actitudes que no se terminan de ajustar a la cultura de los centros, pero que cuentan con las competencias y conocimientos académicos necesarios para superar las materias.

En todo caso, los estudiantes que tiene que hacer exámenes en septiembre, comenzarán el nuevo curso más cansados psicológicamente que sus compañeros, no habrán tenido la oportunidad de desconectar por un tiempo de la “escuela”.

La situación se torna aún si cabe más grave para los estudiantes de 2º de Bachillerato que no aprueban el curso en junio, ellos además de tener que realizar los exámenes en septiembre también tienen que hacer la “selectividad”, de manera que sí aprueban y desean ingresar en la Universidad, comenzarán el curso varias semanas después que sus compañeros.

Ahora, el adelanto de los exámenes de septiembre no debe implicar una reducción del curso escolar para aquellos estudiantes que no requieren de esos exámenes, ni la consiguiente reducción del tiempo necesario para abordar adecuadamente las distintas materias. Ello implica que quizá no sea viable realizar estos exámenes en junio, y que lo suyo sea situarlos en la 2ª o  la 3ª semana de julio. Ello facilitaría además realizar un planteamiento más adecuado de la evaluación continua, que la propia lógica de realizar exámenes en septiembre, después de transcurridos más de dos meses de la finalización de las clases, pone en cuestión, siendo este un principio rector de esta etapa educativa.

Puede ser que haya centros que no estén suficientemente preparados para acoger a los estudiantes en los meses más calurosos, si esto es así, es obvio que habrá que demandar que se solucionen los problemas de climatización que puedan existir, pero ello no puede ser una excusa para no abordar el adelanto de los exámenes de septiembre. En educación, siempre hay que priorizar lo que pueda beneficiar a los niños y adolescentes.

Si atendemos a la tasa de “abandono temprano de la educación y la formación por parte de los jóvenes (porcentaje de personas de 18 a 24 años que no están escolarizadas y que tienen como estudios máximos Educación Secundaria Obligatoria o anteriores niveles educativos), en tanto puede ser un indicador del impacto indirecto que puede tener la supresión de los exámenes de septiembre, se observa que tres de las Comunidades Autónomas que llevan desde 2014 sin realizar estos exámenes en el mes de septiembre (País Vasco, Cantabria y Navarra) son las que menor tasa de abandono temprano tienen.

Finalmente, el que las chicas y los chicos no tengan que “estudiar” en agosto para superar unos exámenes en septiembre contribuirá también a reducir los conflictos en el seno de las familias que la gestión de este tema habitualmente provoca.

¿Por qué entonces no se adelantan los exámenes de septiembre en todas las Comunidades Autónomas? Este adelanto es una responsabilidad política de cada Comunidad, pero que cuenta con la oposición de muchos docentes (no todos) que quieren estar de vacaciones en el mes de julio, aunque sea un mes laborable. En las Comunidades donde se ha apostado por adelantar los exámenes de septiembre, los sindicatos docentes suelen presionar a estas administraciones para que se sitúen en junio (con los problemas que se ha comentando que ello puede conllevar), para que la mayoría de los maestros y profesores no se vean obligados a ir a trabajar a los centros durante el mes de julio.

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