¿Qué tipo de madres y padres somos?

Son numerosos los datos e indicadores que nos muestran que en la sociedad española no ha terminado de calar la idea de que disponer de un sistema educativo obligatorio es para que todos los niños y jóvenes alcancen unos mínimos conocimientos, actitudes, competencias, valores, etc. que les faciliten el ejercicio de su libertad, y para contribuir a limar las desigualdades sociales ligadas al origen social. De manera que el incremento de la autonomía de los individuos sea el elemento que ayude a cohesionar nuestra sociedad y hacer que la misma sea más prospera. Son muchas las familias y los profesores que no comparten este ideario, aunque algunos de ellos públicamente manifiesten estar de acuerdo con él.

Esta falta de acuerdo sobre la finalidad de nuestro sistema educativo es la que en buena medida explica las elevadas tasas de fracaso escolar que tenemos y los malos resultados académicos de nuestros hijos (el 40% de los jóvenes españoles de 15 años ha repetido algún curso a lo largo de su trayectoria académica). ¿Por qué la ausencia de consenso en este tema tiene estas consecuencias?. Basta con que nos hagamos algunas preguntas como las siguientes y reflexionemos sobre las respuestas que les damos, para que quizás lo veamos con mayor claridad: ¿todos los padres y las madres reaccionamos de la misma forma ante los resultados académicos de nuestros hijos/as?, ¿adoptamos las mismas actitudes?, ¿por qué respondemos de maneras distintas?, etc.

Al analizar nuestras respuestas atendiendo solo a dos variables muy sencillas: los resultados habituales de nuestros hijos en las evaluaciones (aprueban o suspenden), y nuestra actitud hacia los demás (egocéntrica o empática),  es probable que coincidamos en distinguir al menos siete perfiles de padres y  madres distintos. Ubicarnos en uno de ellos nos puede ayudar a comprender dónde se encuentran las raíces de las diferencias que existen entre nosotros, cuando nos planteamos la pregunta sobre cuál debe ser la finalidad del sistema educativo:

TIPO A “Los temerosos”. Madres y padres que tenemos hijos que suelen aprobar y creemos que los muchachos y muchachas que suspenden es porque no se han esforzado lo suficiente, o no tienen las actitudes o aptitudes adecuadas; y, por tanto, el problema y la responsabilidad es suya y solamente suya.

El que haya niños y jóvenes que tengan malos resultados nos resulta hasta cierto punto indiferente. A nosotros realmente solo nos preocupan nuestros hijos, el resto nos dan igual.

Pensamos que los malos resultados de los compañeros de nuestros hijos solo pueden contribuir a desprestigiar al Centro, a cuestionar la calidad de su profesorado y, en ese sentido, los resultados de nuestros propios hijos. Y pensamos que la presencia de “malos estudiantes” en el Centro solo contribuye a entorpecer el progreso de los demás y a dificultar el trabajo de los profesores, que bastante hacen con tener que “lidiar” con ellos. Vemos, por tanto, con buenos ojos, por ejemplo, las estrategias que se adopten para “segregar” a estos “malos estudiantes”; y con malos ojos, por ejemplo, que los datos del rendimiento académico del Centro se hagan públicos, por si eso puede cuestionar su calidad y la calidad de la educación que reciben nuestros hijos.

TIPO B “Los elitistas”.  Padres y madres que también tenemos hijos que suelen aprobar, pero que pensamos que además de tener unos hijos muy inteligentes y trabajadores, están en un Centro de gran prestigio por su grado de exigencia, el nivel académico de la mayoría de los alumnos, y la alta calidad de su profesorado. Estaríamos todavía más a favor que los padres Tipo A, de un sistema educativo que separe claramente a los muchachos más “capaces”, destinados a ocupar los mejores puestos dentro de nuestra sociedad, de aquellos otros que no muestran tener esas capacidades o interés, y por tanto habrán de ocupar posiciones más subalternas en esta sociedad.

TIPO C “Los solidarios”. Madres y padres que, aunque tenemos hijos que habitualmente aprueban, nos mostrarnos preocupados por los compañeros de nuestros hijos que suspenden, porque quizás el entorno, la motivación y el ambiente del Centro no sean los más adecuados para que les siga yendo bien o puedan mejorar sus resultados, dado que las probabilidades de que en las próximas evaluaciones pueda suspender son mayores que cuando lo habitual entre sus amigos es aprobar y no suspender. Pensamos que si nuestros hijos están rodeados de compañeros motivados en vez de desmotivados, etc. se favorecerá su aprendizaje. Además, creemos que nuestros hijos serán más felices si conseguimos entre todos una sociedad más formada, más educada, más justa, etc. En ese sentido, somos partidarios de que se introduzcan mejoras en el Centro para lograr que todos los estudiantes alcancen los objetivos educativos y tengan éxito.

TIPO D “Los escépticos”.  Padres y madres que tenemos hijos que habitualmente suspenden, y pensamos que esto entra dentro de una cierta normalidad, y no nos preocupa especialmente. En el fondo creemos  que la “educación” no es algo tan importante en esta vida, su utilidad es bastante discutible, al menos para los sectores sociales menos favorecidos. Así que, si a nuestros hijos no les gusta esto del “estudio” es mejor que lo abandonen lo antes que puedan, y dejen de perder el tiempo. Tenemos una visión determinista de la sociedad, por la cual intuimos que estamos predestinados para ocupar un puesto en ella, y que no podemos hacer nada o casi nada para cambiarlo, por lo que la “educación” no es algo que pueda contribuir a mejorar nuestra situación dentro de esta sociedad. Esa mejora, en todo caso no pasa por la escuela, con la excepción de que tengamos algún hijo excepcionalmente capaz.

Qué tipo de padres somosTIPO E “Los avergonzados”.  Madres y padres que tenemos también hijos que suelen suspender, pero que pensamos que son unos vagos, y por ello son una vergüenza para la familia. Por tanto, hacemos recaer toda la responsabilidad de los suspensos sobre ellos, no creemos que los profesores y el Centro tengan algún tipo de culpa en ello, o en todo caso su responsabilidad es marginal o puntual. Les castigaremos por ello, y ante las otras familias y amistades intentaremos ocultar o minimizar los resultados. Nuestra actitud, en el fondo, sería muy parecida a la de los padres y madres de los tipos A o B.

TIPO F “Los cómplices”.  Padres y madres que tenemos hijos que es habitual que suspendan, pero que en cambio pensamos que quizás no sea un problema de nuestros hijos (o no solo de ellos). Podemos reconocer las dificultades que tienen para obtener buenos resultados académicos en un contexto (social, educativo, profesional, etc.) como el actual  y, por tanto, no hacemos recaer toda la responsabilidad sobre ellos. Procuramos en la medida de nuestras posibilidades contribuir a mejorar su entorno, en sintonía con los padres tipo C, porque sabemos que el éxito de nuestros hijos y de nuestra sociedad depende de todos, y no solo de esfuerzo que ellos de manera individual y solitaria puedan realizar.

TIPO G “Los reivindicativos”. Madres y padres que tenemos hijos que suelen obtener malos resultados académicos, y percibimos que esto es lo habitual entre sus compañeros. Sospechamos que el Centro tiene problemas de funcionamiento y que su profesorado muestra falta de profesionalidad o unas bajas competencias profesionales, ya que no puede ser que haya tantos estudiantes con suspensos. Nos gustaría que el Centro o la Administración, en su defecto, adoptaran las medidas, reformas, mejoras, etc. necesarias para incrementar la eficacia del sistema, e incluso si llegara el caso se sancionara a aquellos profesores que no se implicaran en este proceso.

Después de esta reflexión, parece obvio que son muchos los padres y madres que admiten que el fracaso escolar es algo normal y consustancial a nuestro sistema educativo. Mientras que probablemente se encuentren en minoría aquellos que piensan que debería garantizar que todos los estudiantes alcancen unos mínimos conocimientos, actitudes, competencias, valores, etc. que contribuyan a cohesionar nuestra sociedad y hacer que la misma sea más prospera.

Estas diferencias que existen de perspectiva entre las familias ante el sistema educativo, también están presentes entre el profesorado. Son muchos los profesores que consideran que nuestro sistema educativo obligatorio no puede proporcionar a todos los estudiantes esos conocimientos, competencias, etc. mínimos,  y se debe separar a los estudiantes que se esfuerzan y son capaces, de aquellos que no se esfuerzan lo suficientes o no son tan capaces.

En nuestra sociedad, entre las familias y el profesorado, no ha terminado de producirse del todo el cambio cultural necesario para vislumbrar el fracaso escolar como algo anacrónico, impropio de los valores de igualdad y justicia a los que aspiramos. Quizás porque no nos hemos terminado de creer que tales ideales sean alcanzables y merezca la pena luchar por ellos.

Sin embargo, si deseamos que los resultados académicos de nuestros niños y jóvenes mejoren necesitamos que la mentalidad y los valores de muchos de nosotros cambien, que las familias y sus AMPAS nos impliquemos de verdad en el proceso educativo de nuestros hijos, y que haya muchos profesores que estén dispuestos a sumarse a este cambio y a dirigirlo. De momento los padres y madres C, F y G deberíamos dar un paso adelante, tomar la iniciativa junto con el profesorado comprometido, para convencer al resto de las familias y de los profesores de la importancia que tiene terminar con el fracaso escolar en las aulas.

(Si me quieres hacer llegar algún comentario o sugerencia, serán bienvenidos y te los agradeceré, escríbeme a fracasoacademico@gmail.com o hazlo en el espacio de más abajo).

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